De aquella invasión de grillos en Jerez

Por FRANCISCO ZURITA MARTÍN.- Mi abuelo materno, al que no tuve la suerte de conocer, vivía en la calle Sevilla, por aquel entonces llamada Julio Ruiz de Alda. Aún existían las bodegas de Agustín Blázquez y el antiguo paseo de Capuchinos, más tarde Avenida de América que fue renombrada como Alcalde Ávaro Domecq por ser éste su gran impulsor. (En la entrada antigua foto del paseo de Capuchinos)

Sabedor del gusto de su esposa y de su hija por el canto de los grillos, un buen día mi abuelo, que solía tomar café bajo los naranjos de la recordada Granja Soler, recogió allí un rubio ejemplar de grillo real que cantaba como los ángeles. Fumador empedernido de cuarterones, siempre contaba con alguna cajetilla de cerillas que, para el caso, le vino como anillo al dedo para trasladar al insecto. El animalillo entonaba su canto cada noche desde alguna de las cientos de macetas que había en el patio de la casa. Una vecina, que al contrario de mi madre, odiaba ese canto porque no la dejaba dormir por las noches, ordenó a su hijo una madrugada dar caza a tan molesto animal y, tras muchos esfuerzos, dio con el pobre insecto que acabó sus días aplastado por la babucha del muchacho.

No mucho tiempo después, mi abuelo fue reclamado por su Virgen de las Angustias a buscar grillos en el cielo. 

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Antigua postal del Parque González Hontoria que se cita en el relaro

Una prima de mi madre, residente en Sevilla y muy unida a ella, decidió pasar unos días en Jerez para acompañarla y hacer más llevaderas sus penas. En una de las tertulias entre primas, mi madre relató lo ocurrido aquella desgraciada noche en la que su vecina dictó sentencia de muerte contra el pobre animalillo.

Impresionada por el insecticidio y con ánimo de arrancar un poco de alegría de esas almas rotas, mi tía urdió un plan para rendir homenaje a título póstumo al pobre grillo. Mi madre acogió jubilosa la genial idea y salieron por la tarde con sendas cajas de zapatos y una misión que cumplir.

Recorrieron el paseo de Capuchinos, donde aún existía el viejo templo, Paseo de Santo Domingo, cementerio viejo, Parque González Hontoria y llegaron a donde Jerez era campo, solo campo. Llenaron las cajas con decenas de grillos que, por aquel entonces, abundaban entre los matorrales.

Esa noche, cuando las últimas luces que daban al patio se apagaron, las buenas muchachas distribuyeron los grillos entre las innumerables macetas del patio y enseguida, liberados de la cárcel de cartón en que estaban recluidos, comenzaron el concierto para celebrar la recuperada libertad.

Mi abuela y las inseparables primas pronto se percataron de que el plan ya estaba dando sus frutos, tanto por el canto de los grillos como por las voces alarmadas de su vecina que rogaba a su hijo que acabara pronto con el martirio. La noche fue larga y ajetreada, con continuas carreras por la galería superior e instrucciones de la vecina a su hijo; ¡¡Por allí, es por allí!!!, ¡¡ En esa maceta no, en la otra!!, ¡¡ En el rincón!!, ¿¿Es que no los oyes?? ¡¡ Dios mío, esto es una invasión!!

A la mañana siguiente, la pobre mujer que no había pegado ojo en toda la noche, al ver que mi abuela abría la ventana del salón y se asomaba al fresco de la mañana le espetó a viva voz; “Pepa, ¿Has podido dormir esta noche con esos malditos grillos?. Ha sido horroroso”. Mi abuela, que tuvo que hacer grandes esfuerzos para disimular la sonrisa, se limitó a decir que no se había enterado de nada y que se alegraba que el problema ya estuviera solucionado.

A esa hora de la mañana, el pobre muchacho aún trataba de cazar a los últimos cantores del patio….

Por FRANCISCO JOSÉ ZURITA MARTÍN.

Este artículo está patrocinado a beneficio de la acción solidaria de La Asociación Obispo Rafael Bellido Caro de Jerez “El Pan de los Pobres” por la empresa

MAC MIGUEL ÁNGEL CASTAÑO FOTOGRAFÍA PROFESIONAL

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Publicado por obisporafaelbellido

Web y blog oficial de la Asociación Obispo Rafael Bellido Caro de Jerez de la Frontera (Cádiz). Conocida por "el pan de los pobres"

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